Autor: Leo Rama

Singular, discreto y paradigmático. Ferviente católico practicante. Monárquico, conservador y liberal, lo que no le impidió ser presidente del gobierno republicano en el exilio. Honesto consigo mismo. Un hombre recto. Siempre en segunda fila, dedicado al estudio científico riguroso que favoreció la llegada a la Luna. Así era el granadino Emilio Herrera Linares, una figura sepultada por la historia en la que la contradicción se hace coherencia y donde se encuentran las Españas.

Este año se cumplen 50 de su muerte y el Parlamento andaluz –con el apoyo de todos los grupos y el impulso de la Asociación Granadina para la Recuperación de la Memoria Histórica– ha aprobado una proposición no de ley para devolver a Herrera al lugar que le corresponde por derecho propio. Con el dinero justo, pero con buenas dosis de la voluntad, multitud de instituciones han colaborado para celebrar su aniversario con actividades divulgativas.


Con sólo 12 años había leído –y dibujado– la obra completa de Julio Verne

 

Todas ellas se harán en Granada, donde nació en 1879. Allí paso sus primeros años, en el pujante y burgués barrio de Fígares. De su madre, vinculada a la escena de pintores del momento, se llevó la sensibilidad artística. Él mismo ilustraba sus artículos científicos, como una suerte de Da Vinci perdido en el tiempo. Con sólo 12 años había leído –y dibujado– la obra completa de Julio Verne.

De su padre heredó la vocación militar –descendía de una familia castrense que nunca participó en ningún golpe de estado– y la curiosidad por el mundo que le rodeaba. Estudió en su propia casa hasta su ingreso en el Ejército, donde hizo la carrera de ingeniería aeronáutica, fascinado por aquellos primeros globos aerostáticos que se vieron en la Granada de finales del siglo XIX gracias a su padre, que los alquilaba en el extranjero para los días de fiesta local.

Amistad con Alfonso XIII

Herrera se convirtió en un aviador de renombre y estableció una estrecha amistad con Alfonso XIII, a quien juró lealtad. Su abdicación en la víspera de la proclamación de la Segunda República supuso un dilema ético para Emilio Herrera, quien visitó al monarca en el exilio para que éste decidiera sobre su futuro.

«Si el Rey le hubiera planteado la más mínima duda, Herrera se habría quedado fuera, pero Alfonso XIII le dice que sirva a España con la misma lealtad con la que le había servido a él», y regresó a España, comenta el biógrafo e investigador Emilio Atienza: «Era un militar atípico de la España del momento».

Nunca militó en ningún partido. Tampoco ocultó sus simpatías por el maurismo. Permanece fiel a la República cuando estalla la Guerra Civil. Fue consecuente con sus ideas. Es por eso, por esa contradicción lógica, que Atienza considera que su figura nunca ha sido reivindicada: «Situarse ante Herrera es situarse ante un espejo cuya imagen es reprobatoria».


La familia de su esposa, vinculada al gobierno franquista, intentó sin éxito traerlo de vuelta

 

El final de la guerra le cogió en Buenos Aires, donde recaló como diplomático para alejarse del conflicto bélico en el que pereció uno de sus hijos. Hizo el amago de regresar a través de Francia. Tarde. La frontera estaba ya cerrada y se vio obligado a instalarse durante unos días –duraron 28 años– en un sencillo apartamento de París. La familia de su esposa, vinculada al gobierno franquista, intentó sin éxito traerlo de vuelta, pues el régimen se negó a reconocerle su grado de general.

Herrera fue un referente en el exilio por la integridad moral que demostró a lo largo de aquellos fatigosos años. Entró al gobierno republicano para administrar las ayudas que se prestaban a los españoles más desamparados, así como a los exiliados de la dictadura portuguesa. Entre 1960 y 1962 fue presidente de la República. No cedió a las presiones de los comunistas, que postularon a Dolores Ibárruri como su sustituta; lo fue Claudio Sánchez-Albornoz.

Jamás abandonó su faceta investigadora. De hecho, antes de que se supiera, comenzó a sospechar que Alemania –que le había tentado con una suculenta oferta laboral– estaba fabricando la bomba atómica. Escribió sobre ello para una revista gala. La censura nazi bloqueó su publicación, retrasada hasta después de la liberación de París, un año antes de que Estados Unidos disparara la bomba sobre Hiroshima y Nagasaki.

Todo por la ciencia

Fue un auténtico visionario. En 1932 pronosticó la llegada del hombre a la Luna y trabajó para que así fuera en medio de la carrera estratosférica –en globo– cuando la del espacio era todavía una quimera. Entonces diseñó su famosa «escafandra estratonáutica», predecesora de los modernos trajes de astronauta que la NASA hizo en base a sus estudios.

Ante todo, Emilio Herrera era un hombre de ciencia. Sus conocimientos abordaban multitud de materias y le valieron para formar parte de todo tipo de sociedades científicas. Impulsó en Cuatro Vientos el Laboratorio Aerodinámico y la Escuela de Ingenieros Aeronáuticos, donde se dieron cita las figuras patrias más brillantes del momento.

Se codeó con los grandes científicos del momento. Hasta con el mismísimo Albert Einstein. Ambos se «peloteaban ecuaciones», rememora Atienza, lo que permite hacernos una idea de la envergadura intelectual de Herrera, a quien Einstein recomendó para que ingresara en la ONU. Fue miembro de la Unesco en calidad de consultor para el uso pacífico de la energía nuclear hasta que la España de Franco entró y renunció. A los 88 años, falleció en el domicilio de su hijo Petere —poeta afín al Partido Comunista—en Ginebra. Su cuerpo regresó a Granada en 1993 en presencia del Rey don Juan Carlos I.

 

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