Los catorce de Güejar Sierra fusilados en Pinos Genil

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Autores: Santiago Sevilla y Álvaro Calleja | Foto: Ruiz de Almodóvar

Antonia y Josefa Soto Ruiz cierran los ojos y aún pueden ver con nitidez el camión que un día de septiembre de 1936 se llevó a su madre y a otros trece vecinos de Güéjar Sierra con destino hasta ese momento desconocido. Siete mujeres y siete hombres embarcaban por la fuerza en el remolque del vehículo después de casi dos semanas de cautiverio en los improvisados calabozos del Ayuntamiento. Nada bueno hacía presagiar la actitud de los guardias civiles que impidieron a las dos jóvenes, entonces con tan solo 16 y 8 años respectivamente, despedirse de su madre, Francisca Ruiz Barroso, apodada ´Frasquita la Barroso´, que pocos días antes había cumplido los 46 años.

Uno de los agentes le propinó un golpe cuando intentaba entregar a su hija Antonia las pocas pertenencias que guardó en secreto durante su encierro. Su hija mayor, Teresa, también compartió celda pero ella afortunadamente fue liberada unas horas antes, no, sin antes sufrir los abusos de los agentes. Las muestras de dolor quedaron reflejadas en los rostros de las catorce víctimas que minutos antes de subirse al camión tuvieron oportunidad de confesarse si así lo querían. Eran por tanto conscientes de que la muerte estaba en la siguiente parada de la travesía.

Las hermanas Josefa y Antonia. Foto: Ruiz de Almodóvar

El delito de Francisca no fue otro que estar presente en su cortijo, situado en una zona conocida como el Castañal, a escasos metros del tranvía a la Sierra, el día que una patrulla de la Guardia Civil se presentó en su casa para llevarse previsiblemente a su marido, José Soto García, y a su único hijo varón, Juan Soto Ruiz, quienes en ese momento se encontraban trabajando en el campo. Eso les salvo. No hacía dos meses que se había producido el alzamiento contra el gobierno de la República pero su familia hasta ese día se mantenía unida sin temor a represalias al no haberse significado por sus ideas políticas. Tan solo se conocía que el hermano de Frasquita, José Ruiz Barroso, sí era un militante de la izquierda.

De hecho, nada más producirse la sublevación, José se incorporó al bando republicano y luchó durante la guerra contra las fuerzas falangistas, siendo posteriormente fusilado sin que hasta la fecha se conozca el lugar de enterramiento. Güéjar Sierra, en esos días, fue uno de los límites que convertían a la capital granadina en una isla en poder de los sublevados, rodeada de municipios donde se mantenía fuerte la República, al menos en los primeros meses. Los combates en la zona eran frecuentes. Incluso luego se convirtió, por su geografía, en un enclave perfecto para el escondite de los guerrilleros, de los famosos maquis.

Los varones de la familia tuvieron que buscar refugio en zona republicana mientras que las tres hijas quedaron desvalidas, abandonadas a su suerte y humilladas por los falangistas. Josefa, que no pasó un día sin visitar a su madre y a su hermana Teresa los días que duró el encierro, pronto conoció por boca de un guardia civil el destino de su madre y de los otros trece vecinos: “Vaya con el tiro que les dimos”. “Pasados por las armas”. El fusilamiento tuvo lugar a escasos kilómetros de Güéjar Sierra.

Dos vecinos de Pinos Genil, Manuel Mesa Rojas y Francisco Gómez Ruano, no sólo fueron testigos de su muerte sino que fueron obligados a excavar una fosa común en el cementerio de Pinos Genil. El fatídico desenlace tuvo lugar el 13 de septiembre de 1936. El primero de ellos se encontraba sobre las cinco de la tarde en la estación del tranvía cuando observó cómo fueron “pasados por las armas” siete mujeres delante de la puerta del cementerio y otros siete hombres dentro del mismo. Ambos testigos fueron requeridos por las autoridades, al igual que otros vecinos, para que abrieran una fosa común donde enterrar a los muertos.

En la declaración que prestan ante el juez de paz de Pinos Genil un día después de los hechos, los dos vecinos hacen constar que entre los asesinados se halla Francisca Ruiz Barroso, a la que conocen personalmente por el apodo de ´Frasquita la Barroso´. En el registro civil de Pinos Puente consta el certificado de defunción donde figura como causa del fallecimiento “heridas de guerra por arma de fuego”.

Huida. Los pocos bienes que hasta entonces tenían dichas familias fueron intervenidos por los falangistas. Ante la situación de desamparo, Antonia, la mediana de las tres hermanas, tomó la iniciativa de atravesar la sierra para llegar a territorio controlado por las tropas republicanas. Por fortuna dieron con su tío, luego también fusilado, permaneciendo los tres años que duró la guerra civil en el municipio de Jérez del Marquesado.

Llegó a convertirse en una rutina refugiarse en las minas cada vez que los aviones del bando sublevado surcaban el aire para bombardear zona roja. Su tiempo lo empleaban en el trabajo diario pero, al menos, disponían de comida y una vivienda que les negaron en Güéjar Sierra. Al término de la contienda fraticida, la familia regresó a su lugar de origen pero su vivienda había pasado a manos de los simpatizantes del nuevo régimen dictatorial. La posguerra fue casi tan duros como los tres años de guerra. No hubo perdón para los que lucharon en el bando perdedor.

El hijo de Francisca, Juan Soto Ruiz, que combatió con el ejército republicano tras escapar de Güéjar Sierra, fue detenido a su regreso y pasó tres años encarcelado en la prisión de Granada. La penuria económica obligó a la familia a separarse y a partir de entonces se impuso el silencio, el temor a posibles represalias y la angustia de haber perdido a seres queridos sin comprender las razones de la matanza. Antonia, en la actualidad con 89 años, no se resigna pese a las limitaciones propias de la edad. Inició hace algunos años, con ayuda de desinteresados amigos, un peregrinaje de consultas por organismos, archivos y el registro civil.

Fruto de ese trabajo fue el hallazgo de los documentos que prueban hoy que catorce habitantes de su pueblo natal fueron enterrados en una fosa del cementerio de Pinos Genil de la que no tenía constancia la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica de Granada, algunos de cuyos miembros elaboraron en su día un mapa de desaparecidos durante la guerra civil y la posguerra. Antonia y su hermana Josefa tienen la esperanza de que algún otro familiar de aquellas víctimas se sume ahora a la idea de dignificar el lugar, en caso de que no sea posible la exhumación, y contribuir de alguna manera a cerrar las heridas todavía abiertas.

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