HONOR, MEMORIA Y JUSTICIA (20/07/2018)

Minerva Alganza Roldán

Quiero comenzar expresando mi agradecimiento a los organizadores de este Acto en Memoria de las víctimas del Golpe de Estado contra la II República de 1936 y de la Dictadura franquista y, en particular, a la AGRMH en la persona de su Presidente, mi compañero y querido amigo, Rafael Gil Bracero, por invitarme a participar en representación de los familiares.

Es para mí un gran honor tomar la palabra en este lugar “sagrado” y por una causa, para mí “sagrada”, en su sentido laico y a la vez, más profundo y genuino, de “dignos del mayor respeto y que deben ser preservado de cualquier ofensa”. El espacio donde hoy nos encontramos es un “Santuario de la Memoria”, delimitado por un Monumento de muerte, la Tapia donde fueron fusilados  miles de hombres  y mujeres, cuyos cimientos empapó la  sangre y que conserva las huellas de las armas de sus asesinos, y, desde el pasado año, por un Memorial con los nombres de las víctimas, que las saca de la nebulosa del anonimato y del olvido, y nos invita  a rememorar sus vidas.

Pues bien, en este lugar de la Memoria pública y común, voy a compartir retazos de la memoria de la vida y la muerte de tres nombres del Memorial, miembros de mi familia que pagaron con sus vidas su apuesta por una sociedad igualitaria, más justa y más libre.

Sebastián Arganza Puertas, mi tío bisabuelo, nació en el Albaicín en una familia humilde, pero gracias a su trabajo e inteligencia para los negocios, adquirió diversas propiedades e inmuebles, cuyas rentas le permitieron disfrutar de una situación económica desahogada,. No por ello renegó de orígenes:  quienes lo conocieron lo definen como una persona generosa y humanitaria, que no solo ayudó a su familia, en especial a su madre y varios sobrinos huérfanos, sino que siempre estuvo dispuesto a socorrer desinteresadamente a los vecinos cuando no tenían ni para comer o iban a ser desahuciados. Era simpatizante socialista, amigo de Wenceslao Guerrero, concejal por el PSOE, y de los Alcántara, conocidos sindicalistas del Albaicín. Su hija Pepa, recordaba emocionada cuando, siendo muy pequeña,  lo acompañó al mítin en la plaza de toros de Fernando de los Ríos y a la manifestación cívica que acompañó desde la estación del tren hasta el Albaicín a los presos políticos amnistiados en febrero de 1936, tras la victoria electoral del Frente Popular. Entre ellos, estaba un el primo Gabriel Gallegos Arganza, miembro de la FAI, que caería abatido por la Guardia Civil cerca de Güejar Sierra. La hija de Sebastián Arganza recordaba cómo al llegar al barrio, las mujeres sacaban las sabanas blancas y las colchas a los balcones, gritando ¡Viva la República!… Y también, cómo el 23 de julio de ese año, de nuevo se colgaron sábanas blancas en las ventanas y balcones del barrio, esta vez, en señal de rendición incondicional de quienes habían intentado defender la República, haciendo frente con piedras y escopetas de perdigones  a la artillería y la aviación de los sublevados.

El 4 de agosto de 1936, sobre las 4 de la tarde, un coche se paró en lo alto de la Cuesta del Chapiz y despertó a Sebastián Arganza de la siesta. Le dijo a su mujer: “ya vienen a por mí”. Efectivamente, en la casa un grupo de hombres armados con pistolas, algunos con la camisa azul de Falange, otros, conocidos integrantes de las llamadas “Escuadras negras”. Mi familiar fue ingresado en prisión y aunque su mujer intentó mover a a familiares y conocidos de derechas, se le cerraron todas las puertas. Fue fusilado en esta tapia el día 22 de septiembre de 1936. La sirvienta del capitán que dirigió el pelotón, de fusilamiento le contó a la viuda que tuvieron que atarlo porque se resistía y proclamaba su inocencia. Fue enterrado en una fosa, junto a otras dos personas. Cuando en la década de 1960 se abrió la fosa había tres cadáveres de varones, ametrallados por la zona de la cintura y con el cráneo destrozado por el tiro de gracia. La hija, ante la  imposibilidad de identificar a su padre, los sepultó a todos en un nicho de su propiedad, porque, decía, eran “hermanos de muerte”.

El sobrino mayor de Sebastián era mi abuelo, José Alganza Granizo, también albaicinero. Durante el poco tiempo que asistió a la escuela, demostró no solo gran inteligencia, sino dotes artísticas. Pero la pobreza de su familia lo obligó a trabajar desde niño, en la Fábrica de Cerámica de Fajalauza, donde llegaría a ser oficial de pintura. Aficionado al flamenco, anticlerical y libertario, tuvo una participación muy activa en los paros y huelgas de su empresa para exigir mejoras en las condiciones de trabajo, en particular, de los niños aprendices. Siempre estaba dispuesto a secundar las movilizaciones sindicales y muchas veces fue el portavoz de sus compañeros frente a los patrones. Como represalia, cuenta mi tía Pepa, su hija, también era de los primeros que mandaban al paro y por tanto a la familia le tocaba ayunar.

Sobre las 1 de la madrugada del 13 de noviembre de 1936 llamaron a la puerta del primer piso de una casa de vecinos de la Placeta del Salvador, donde dormían mis abuelos y sus cuatro hijos. Al abrir, entraron cuatro individuos armados con metralletas y con el uniforme de la Guardia Civil, mientras otros permanecían en la escalera de la casa. Sacaron a mi abuelo de la cama y se lo llevaron a medio vestir. Poco después se oyó arrancar un camión. Al amanecer, mi abuela fue a buscar a su suegra y su cuñada y las que encontró llorando. Ella pensó que ya se habían enterado del arresto de mi abuelo, pero entonces supo que esa misma noche también se habían llevado al marido de su cuñada, Juan de Dios Carpintero Talavera.

Es tercer nombre de familares míos que figura en el Memorial, y era un humilde hojalatero ambulante con tres hijos, la última una niña de pecho. Las mujeres de mi familia recorrieron ese día y los siguientes el Gobierno Civil, la Comisaría y la Cárcel buscando noticias de ellos, pero en ningún lugar constaban datos sobre su detención. De madrugada, como otras muchas mujeres, iban a la puerta de la Cárcel, por si los veían en alguno de los camiones llevaban a los detenidos para fusilarlos en esta tapia. Finalmente, alguien avisó a mi abuela de que habían vistos, a su marido y al cuñado, muertos en una cuneta de la carretera de Armilla. Mi abuelo estaba tendido boca arriba, con los ojos abiertos y los brazos extendidos. Al parecer, los dos fueron echados en una fosa para los fusilados abierta cerca del antiguo osario, fosa sobre la que luego se colocaron tumbas de personas fallecidas por muerte natural, con lo que se esfumó la última esperanza de mi familia de lograr recuperar los  restos y darles una sepultura digna.

Estos son los nombres de tres hombres que tenían proyectos de vida, ideales y esperanzas, madres y hermanos, que dejaron tres viudas y 8 huérfanos desamparados… Todos ellos, los vivos, fueron condenados a llorar en silencio, a no vestir luto, a bajar la cabeza por ser “rojos”, a que se les incautasen sus bienes, a  que se les negase el trabajo, al hambre y a todo tipo de privaciones.

Esta es la  pequeña memoria, conservada por la familia y que me transmitieron sus hijas, de las vidas y las muertes de tres víctimas de un Genocidio perpetrado por razones ideológicas y de clase, de un crimen de lesa Humanidad. A nosotras y nosotros, los que nos hemos reunido hoy aquí, nos corresponde seguir empeñándonos, cada cual en la medida de su responsabilidad y sus posibilidades, para que se les haga Justicia. Como dije al principio esta es una causa “sagrada” que exige hacer Política con mayúsculas, no política partidista: el derecho a la Verdad, la Justicia y la Reparación de las víctimas y sus familiares fue sacrificado en la Transición. Conste que conozco perfectamente lo difícil que ha sido recorrer el camino simbólico que separa la Tapia del crimen del Memorial con los nombres, y que se ha logrado gracias al esfuerzo de familiares, asociaciones memorialistas y muchas/as ciudadanos ausentes o presntes hoy aquí). Pero ya va siendo hora de dar un paso más largo, de derogar la Ley de Amnistía, acabando con la impunidad a los críminales del Golpe de estado de 36, de torturadores y asesinos de la Dictadura y de la Transición, de tipificar el delito de apología del fascismo y el genocidio…. Pero sobre todo, cada uno de los presentes, y la sociedad toda, debemos comprometernos en nuestro día a día con la defensa de los ideales por los que centenares de miles de compatriotas perdieron la vida y la libertad. Hay que plantar cara a esa Bestia de mil rostros que es el fascismo; hay que comprometerse sin tibiezas en todo tiempo y lugar con los Derechos Humanos. Y hacerlo, en mi opinión, será el mejor y más imperecedero monumento a la Memoria de las víctimas.

Muchas gacias.

 

 

 

 

 

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