Helen Nicholson, la baronesa fascista

La escritora estadounidense describió en 'Death in the morning' el horror de la guerra civil en Granada En su relato describe cómo le despertaban los camiones camino del cementerio.

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Autor: Juan Luis Tapia

HELEN Nicholson, baronesa de Zglinitzki, norteamericana convertida en inglesa, fue viajera en España en los años veinte del siglo pasado. Le encantó Granada, y a punto estuvo de establecer aquí su residencia tras el matrimonio de su hija Asta con un granadino singular, a veces más inglés que muchos británicos: Alfonso Gámir Sandoval. “Cuando llegué a Granada, España, en abril de 1936, un amigo mío inglés que había vivido allí durante muchos años comentó: las cosas no pueden seguir así”. Esta frase resume la primera impresión de la escritora norteamericana a su llegada a Granada, quien escribió Death in the morning, un libro de éxito en el ámbito anglosajón sobre los primeros días de la Guerra Civil, y que en 2007 fue traducido por el sello granadino Atrio. Más allá de la experiencia granadina y descripción de la vida cotidiana de una aristócrata, lo más interesante de Muerte en la madrugada se encuentra en las descripciones y relato sobre el ambiente que se respiraba en la ciudad en aquellas semanas.

Helen Nicholson, baronesa de Zglinirzki, visita Granada ante el matrimonio de su hija Asta Nicholson con el ya citado profesor de la Universidad Alfonso Gámir Sandoval, un hombre polifacético, amante de las artes y de la cultura, quien dominaba el inglés como su propia lengua. Nicholson se alojará en Villa Paulina, una finca al final de la Cuesta de los Chinos, que confluía con el camino hacia el cementerio, en el corazón de la Alhambra, y en la actualidad desaparecida.

La casa de Alfonso y Asta era un lugar de encuentro, reunión y tertulia en aquellos días de abril de 1936, donde, entre otros muchos, se daba cita un joven arabista llamado Emilio García Gómez, que posteriormente publicaría sus impresiones de aquellos días en el libro Silla del moro. La estancia de Helen se prolongó hasta el 31 de agosto, de ahí que consiguiera retratar la atmósfera de los primeros días de la sublevación. “Estaba contemplando el jardín durante la sobremesa del 20 de julio cuando se oyeron los primeros disparos de la Guerra Civil en Granada”, escribe. Previamente, Helen describirá una visita a Manuel de Falla, vecino de la Alhambra en su carmen de la Antequeruela, que utiliza para describir el ambiente previo a la sublevación fascista. “Una visita a mi viejo amigo Manuel de Falla logró abrirme los ojos a la verdad, pues aunque él rehusaba conversar de política, no pude evitar ver cómo los problemas del país se habían cebado con su mente y destrozado su frágil constitución”, escribe Nicholson. “Como santo y místico que es, profetizó, creo que con más claridad que ningún otro, el martirio que España pronto habría de sufrir. Hablaba de los actos de blasfemia que ya se estaban cometiendo y me di cuenta de la angustia que suscitaban en él tales sucesos”, añade.

Vive de cerca el cerco al Albaicín y el estado de sublevación en el que se vio inmerso el paraje alhambreño con el traqueteo de las metralletas, el clic del cerrojo de los mauser y el silencio que se hizo tras la rendición. “Apenas nos dábamos cuenta -escribe- de que en aquellos primeros días éramos una ciudad asediada, custodiada por una reducida guarnición para evitar abrumadores peligros. Durante todo el día pasaban ruidosos por nuestra calle (en la Alhambra) camiones militares repletos de soldados en posición de firme con rifles preparados y dispuestos, pero, aunque sabíamos que iban a montar guardia, no teníamos conciencia del peligro que corríamos”. De estas palabras se desprende el convencimiento de Nicholson de que “aquello era algo transitorio, que no podía durar”.

Helen despierta a la realidad el 29 de julio, cuando en aquella mañana escucha por primera vez los motores de los aviones de combate, a los que siguieron los sonidos de las explosiones: “Durante los cuatro días siguientes nos bombardearon con asiduidad, dos veces cada mañana. El primer ataque solía tener lugar entre el amanecer y las ocho en punto, el segundo entre las once y las dos. Sabíamos que todos los días había personas que morían o quedaban mutiladas y que había casas que quedaban destruidas o dañadas, pero nos sentíamos impotentes para defendernos”. Los bombardeos se alargaron hasta el final de la estancia de la escritora. Una de las bombas, según refleja en el libro, cayó sobre la misma Alhambra, muy cerca de Villa Paulina, y costó la vida a una joven por la que Helen sentía un especial afecto, su amiga Solita Pérez de Sevilla.

El relato de la escritora salta las murallas alhambreñas para retratar la entrada en Granada de la Legión y de soldados afines al levantamiento militar. Los episodios más emocionantes son aquellos que se refieren a los fusilamientos en las tapias del cementerio. No obstante, Nicholson dejará ver su simpatía por las tropas franquistas. “A pesar de los errores o excesos de dureza que cometieron las autoridades militares, éstos fueron agua de rosas en comparación con las premeditadas brutalidades de los rojos”, escribirá. Sin embargo, no ocultará la dura represión fascista y denunciará el asesinato del ingeniero Juan José Santa Cruz.

La escritora católica recogió en su diario cómo el ruido de los camiones que se dirigían al cementerio le despertaba todas las noches. El testimonio, aunque distante, recogido por Nicholson, coincide con el de Robert Neville, corresponsal del New York Herald Tribune que también se encontraba en Granada en aquellos momentos. “El camino hacia el cementerio pasa por la colina de la Alhambra. Un pasatiempo favorito y espantable consistía en contar las veces que pasaba el furgón militar, cerrado, portando en cada viaje una veintena de cadáveres. El día de la batalla del Albaicín pasó 26 veces. Las ejecuciones empezaron a multiplicarse. Los sentenciados a muerte se transportaban en camiones abiertos, rodeados por el pelotón de los fusilamientos. Unos minutos después se oía la descarga de fusilería. Y unos minutos más tarde los soldados estaban de regreso”.

Helen se cuidó de dar nombres pero glosó a algunas de sus amistades, todas pertenecientes a la aristocracia, como las señoritas Barbour, la condesa de Calatrava y María Carazo. El 31 de agosto abandona Granada, aquella ciudad “asediada y achicharrada por el sol”. “Tenía el corazón permanentemente dolido pues no podía dejar de pensar en todos los heróicos sacrificios que muchas personas habían realizado, pero tampoco dejaba de pensar en todos los valores humanos que habían quedado arrastrados por el barro”, escribió.

Se consideró obligada a relatar su experiencia recién llegada a Londres y allí apareció su libro. Todas sus circunstancias le llevaron a incluirse en el bando nacional. Creyó a pies juntillas cuantas barbaridades le contaron del bando republicano, ‘adornadas’ y generalizadas como es de suponer; y hasta se tragó la ‘fábula’ del proyecto de voladura del embovedado del Darro, en Reyes Católicos, atribuido al prestigioso ingeniero don Juan José Santa Cruz. Sin embargo, también relató las diarias ejecuciones de republicanos, en una ocasión precisa que 60 en una noche. Nicholson trazó un retablo muy real de tan crueles días: tiroteos, bombardeos, llegada de los Regulares por vía aérea, la mezcolanza de tropas, legionarios, ‘patriotas’, requetés y falangistas. A estos últimos los llama fascistas para mejor información de sus lectores ingleses; en compensación, a los republicanos los califica de comunistas. No faltan las historias de refugiados, el pintoresco viaje en tren a Sevilla, los aviadores italianos en dicha ciudad, los tres vehículos que se sucedieron en su viaje a Gibraltar, y los refugiados en el Peñón. Miguel Cruz Hernández, catedrático de la Universidad Autónoma de Madrid, entabló amistad con Alfonso Gámir y con Helen. Autor en 1948 de Las tardes de Villa Paulina, relata sus recuerdos. Ante la aparición de la traducción del título de la británico-estadounidense publicó un artículo que finaliza así: “Ignoro lo que fue de la señora Nicholson y de su hija Asta, que también, poco después que su madre, dejó Granada. En mi memoria ha quedado un nombre, Australia, que mas de una vez escuché de boca de don Alfonso Gámir; ignoro si referido a la madre o a la hija, y si como parada o como destino. Merecería la pena que alguien indagara en la vida de Helen Nicholson.

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